El cantautor del pueblo dominicano Ramón Leonardo, tronó Hoy y dice que: “Si la gente quiere lograr cosas, tiene que rebelarse”

Santiago.- A una cuadra de distancia se logra divisar al cantautor Ramón Leonardo, quien está al frente de su casa, y que al parecer en esos instantes va por el ajetreo, marcado. Ayuda a darle carga a la batería del vehículo de un amigo; y por la agilidad mostrada es imposible asociarlo a la imagen difundida meses atrás con la de un hombre postrado en cama y que debido a la enfermedad estaba inmovilizado. Una imagen que fue subida por una seguidora de él y que provocó un terremoto de solidaridad inmediato, y que el gobierno acudiera en su rescate. Él, sin asomo de suspiro, evoca ese momento: “Fueron nueve meses de crisis, estaba hecho un cadáver”. Cual Lázaro, el antiguo karateca, se levantó. Hoy canta, hace política, elucubra importantes proyectos artísticos. Irónicamente, el sistema que tanto ha criticado, fue que tuvo que ir en su ayuda. “Por presión social”, aclara.

Ramón Leonardo, un cantante de avanzada y cuyas canciones que propugnaban por la redención social y el bienestar del hombre y la mujer, sacudieron los años 70, tiene bien claro lo de su enfermedad y la forma de superarla. “La cama enferma”, afirma y asegura cuán bien hace al cuerpo zapatearse, aunque de vez en cuando le viene un calambre a la pierna y tiene dificultades para caminar de manera normal. El dolor acude, a veces, aunque él ha optado por no hacerle caso, y sí asegura que sigue la lucha por “un país mejor”. Lo que no pudo el gobierno de Joaquín Balaguer en su mejor momento, ni ciertos esbirros que lo perseguían y vigilaban, porque todo lo que salía de su voz era sospechoso, lo pudo un problema cervical: tenderlo en una cama, aquietarlo por prolongados meses. “Tanto tiempo en una cama se piensan muchas cosas”, confiesa, pero jamás retirarse, ni quedarse en silencio, o en un rincón sin pregonar sus principios e ideales.

De aquel garbo juvenil de los años 70 cuando cantaba la canción “Celos” y entremezclaba canción romántica, social y denuncias, le queda poco. La barriga ha avanzado tímidamente hacia delante, el pelo se muestra escaso, pero lo fundamental aparece ahí, una vez iniciada la charla: la rebeldía. Artista cocido cuando en toda Latinoamérica la canción de protesta quería sustituir los himnos nacionales que entonaban siniestramente militares golpistas y gobernantes impopulares. La canción-himno “Francisco Alberto” es un ejemplo. Su estirpe de revolucionario la ha conservado. No habla de derecha e izquierdas. Pero sí sitúa en el mapa quiénes siguen siendo los deposeidos, y quiénes los malos de la película. En sus ojos aún hay brillo del tigre que anhela la sabana. Habla de Venezuela, de esta patria de Caamaño, de sus orígenes como artista, y en todas sus palabras está la impronta, de que antes como ahora, si el hombre quiere y aspira a cambios, tiene irremediablemente que rebelarse.

Aunque anteriormente sólo cargaba una guitarra y una potente voz de la gruta inconforme de la garganta, entendía muy bien y aún hoy admira a quienes empuñaban los fusiles. Para Fidel Castro, Francisco Alberto Caamaño, tiene los mejores adjetivos, presente de inmediato el quitarse el sombrero. Es una mañana fresca en Santiago, de esas que tanto se padecen en provincia y que los vinimos de la capital tan rápidamente identificamos. Nos invita a pasar a la sala, allí se instala, dispuesto al diálogo. Antes una mujer se había acercado a la galería y la presentó. Es su esposa, y se saludaron (él a pesar de sus 70) como dos adolescentes: con un beso en la boca. De ella diría posteriormente, que tiene “talante revolucionario, que es una mujer de gran valía y claros conceptos revolucionarios”.

Detrás está escoltado por varias fotografías, armónicamente encuadradas. Destaca la blanco y negro donde aparece el Ché Guevara. No es la clásica con el habano. Pero sí la del revolucionario en el mejor momento de su juventud, en ese misterioso esplendor que se instala en el rostro cuando la vejez está muy lejos del hombre y sólo el ideal y los sueños la amparan. Esta fotografía de el Ché demuestra que en el cantante Ramón Leonardo, karateca y ministro religioso, los antiguos ideales no han caducado, que la palabra redención social no ha desaparecido de su vocabulario cotidiano. La voz de Ramón no se parece nada a la hombre que ya tiene siete décadas sobre las costillas. Mas bien conserva el ímpetu y la seguridad de quien va en pos de sus ideales. Está tan entusiasmado aún que en estos días está ofreciendo recitales, y fiel a sus sueños, “le cobra a quien tiene, a los demás le canta gratis”. Y es que el intérprete de la emblemática canción “Francisco Alberto”, aún cree que se puede hace algo por el país, incluso lo demuestra que fue candidato a la alcaldía por Santiago, cosa que no logró “porque las fuerzas avanzadas no se pusieron de acuerdo para llevarlo como candidato”.

En ese sentido, asoma la claridad sobre lo que ocurrió en ese proceso. “Eso sucede en América Latina. La izquierda está desunida, y si el PRM y el Frente Amplio hubiesen llegado a un acuerdo conmigo, quizás otra hubiese sido la historia”. Pero aunque no se instaló en la alcaldía (volvería a intentarlo), sí ha estado instalándose en los pueblos, donde canta como en sus mejores días.Aunque para algunos están lejos aquellos días de “Siete días con el pueblo”, evento que aglutinó o a lo mejor de la canción social de ese momento, para Ramón Leonardo, aún se conectan con lo que pasa ahora. Han cambiado los protagonistas, pero los problemas siguen. De ahí que el artista, además de tener aún las canciones y la garganta intacta para interpretar canciones sociales y románticas, por el discurso que destila, se siente que lleva aún las botas de combatiente puestas. Eran los tiempos de Silvio Rodríguez, Mercedes Sosa, Jorge Cafrune, Horacio Guarany, y en el país, entonces contó con la canción social, con un grupo como Expresión Joven, del cual fue su cantante principal.

El cantante, que le dedica poco tiempo a hablar de su operación cervical, recuerda la cárcel. Tiene contadas las veces que conoció las mazmorras balagueristas, del sistema imperante. Estuvo tras los barrotes durante cinco ocasiones. En una de ellas olfateó la muerte, y en otra sintió la fetidez, la ignominia que aquel lugar lo caracteriza: la humedad, la claustrofobia, el fuerte olor a estiércol. Eso sí nunca le temió a la cárcel. Siempre supo que era de los riesgos que se corrían cuando emprendía el camino de ser un cantautor que denunciaba males sociales y el que se asociaba a la época, a algo que era más que una mala palabra, un estigma: el ser comunista. Evoca cuando fue arrestado en el ensanche Ozama a varios días de producirse la prohibición de canción Francisco Alberto. Aún le queda la imagen de varios militares entrando con armas largas, y llevándoselo arrestado. “Eso sí, la noticia salió al otro día en todos los periódicos, y entonces empezó gente a movilizarse, como Amucaba y Johnny Ventura, para que me sacaran. Y eso sucedió. Los medios antes funcionaban en ese sentido”, dice.De los pocos orgullos que le quedan y de los que puede vanagloriarse, es que pocos artistas dominicanos conocen tan bien como él el país. Palmo a palmo lo anduvo. Sus canciones sociales, sus canciones románticas, fueron llevadas a los parajes más apartados de la capital.
La canción Francisco Alberto
Decir Ramón Leonardo es decir Francisco Alberto. La canción es un himno para el pueblo dominicano. De hecho a él no le caben dudas de que después del canto patrio esta canción está en segundo lugar. Comparte gloria con el letrista, el cantautor Chico González, desaparecido. La canción tiene un origen casi místico. Se encontraban él y Chico González en los terrenos donde fue abatido el comandante, cuando González de repente se aparta y empieza a escribir. Luego trae las letras, y él como por arte de magia, iba leyendo y sacando las notas. Luego, Bienvenido Rodríguez, a quien definió como disquero de terrible olfato, desde escucharla hizo los arreglos para grabarla.
Publicado: jueves, 24 de mayo de 2018, a las 8:46 p.m. (ET)